Mujer prepara papas para fiesta de 45 personas, asador listo.
La Vida Misma Ni idea

Fiesta para 45 personas: hago todo, y mañana el asador prende el fuego y la gente lo aplaude

El día antes de la fiesta

Mañana es nuestra fiesta anual de fin de verano. Esa tradición que empezó como algo íntimo y ahora es básicamente un evento comunitario. Este año vienen 45 personas: niños, adultos, amigos, compañeros de trabajo, vecinos, y un par de invitados misteriosos que nadie recuerda haber agregado, pero ya es tarde para eliminarlos.

Hoy es el día previo. El día en el que una se despierta con energía y, dos horas después, ya está arrepentida de todo.

La odisea del supermercado

Ir al súper para una fiesta de 45 personas es una experiencia espiritual. Empujás un carrito que parece diseñado para transportar materiales de construcción, esquivás gente que también está organizando su propio caos, y tratás de calcular cuántas bebidas necesita un grupo de humanos que jamás toma lo que vos comprás.

Compré papas como si estuviera abasteciendo un refugio nuclear. Mayonesa en cantidades que podrían alimentar a un batallón. Snacks que nadie pidió, pero que igual van a desaparecer misteriosamente antes de que empiece la fiesta.

Y mientras cargaba todo en el auto, pensé: Esto ya no es logística. Es supervivencia.

La ensalada de papas: mi legado

La ensalada de papas es el plato más injustamente subestimado del universo. Nadie la celebra, pero si falta, se desata una crisis diplomática.

Ahí estoy yo, pelando papas como si fuera un castigo medieval, mezclando todo con devoción, ajustando la sal como si fuera una operación quirúrgica. Sudando. Concentrada. Comprometida con la causa.

Porque todos sabemos que la ensalada de papas sostiene la civilización. Sin ella, la parrilla es solo fuego y carne. Con ella, es un evento.

El asador y su injusta gloria

Mientras yo hago malabares con papas, hielo, bolsas, limpieza y organización, el asador —mi querido marido— aparece mañana, fresco, perfumado, con una cerveza en la mano, prende el fuego, mueve dos brasas y recibe una ovación.

La gente lo mira como si fuera un héroe nacional. Como si hubiera resuelto la inflación. Como si hubiera bajado del Olimpo especialmente para cocinarles.

Y yo, que hice todo lo difícil, quedo como “la que preparó unas cositas”.

La vida es injusta. Las parrillas también.

El caos hermoso

Entre limpiar la casa para 45 personas (que igual la van a desordenar en siete minutos), esconder cosas que no quiero que nadie vea, y reorganizar espacios que mañana no voy a reconocer, me agarra esa sensación linda: La de saber que todo este quilombo es, en el fondo, un acto de cariño.

Mañana la casa va a estar llena de voces, risas, chicos corriendo, adultos charlando, gente mezclándose que nunca se habría conocido en otro contexto. Y yo voy a mirar mi ensalada de papas como quien mira una obra maestra silenciosa.

Porque sí: él prende el fuego. Pero yo sostengo la fiesta. Y en el fondo, todos lo saben.

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