Fondo abstracto acuarela en tonos melocotón y verde azulado con líneas doradas

Parejas abiertas: todo muy lindo, pero ¿se bañó?

Tres personas conversando y tomando café en un café parisino.

No sé qué mierda está pasando en Buenos Aires, pero últimamente todo el mundo quiere abrir la pareja.

Gente que está pensando en abrirla. Gente que ya la abrió. Gente que la cerró. Gente que la volvió a abrir porque “nos estábamos aburriendo”.

Antes, cuando una pareja se aburría, compraba una freidora de aire. Ahora incorpora gente.

Yo los escucho desde mi relación, más cerrada que caja fuerte de banco, y trato de entender.

Pero apenas logro que el hombre que vive conmigo me avise si viene a comer. No sé cómo hacen para sumar un tercero que, encima, todavía no sabe dónde se guardan los vasos.

La Constitución del garche

Primero vienen las reglas.

“No repetir.”
“No quedarse a dormir.”
“No enamorarse.”
“No amigos.”
“No del laburo.”
“No contar detalles.”
“Contar absolutamente todo.”

Lo de “no enamorarse” me fascina.

Como si una pudiera avisarle al cerebro: “Mirá que esto está prohibido por el artículo cuatro. Te encariñás y te hago un sumario”.

Hay parejas que llevan quince años sin resolver quién pasa Navidad con qué familia, pero para acostarse con otra gente tienen un reglamento con incisos.

Yo no tengo esa fe en la administración pública del deseo.

Siempre me imagino la reunión posterior.

—Habíamos dicho que no se quedaba a dormir.
—No se quedó a dormir. Se durmió.
—¿Y el desayuno?
—¿Qué querías que hiciera? ¿Que lo echara en ayunas?

Y ahí estás. Discutiendo la interpretación de una cláusula en bombacha.

Perdón, tengo una pregunta

Mientras todo el mundo habla de libertad, de acuerdos y de romper mandatos, yo estoy pensando algo bastante menos sofisticado:

¿Pero se bañó?

Sí. Esa es mi primera inquietud.

Ustedes están deconstruyendo la monogamia y yo quiero saber si ese señor tiene una toalla que se seque entre un uso y otro.

¿Cambió las sábanas? ¿El baño tiene jabón? ¿O hay un frasco de shampoo vacío haciendo de decoración desde marzo?

¿Existe una VTV genital? ¿Algún sello? ¿Una oblea que una pueda consultar antes de entusiasmarse?

Ya sé que una ducha no reemplaza los cuidados sexuales. Mi cabeza también lo sabe. Pero primero necesita resolver por qué en las fotos del baño hay una sola toalla para cuatro compañeros de departamento.

Después avanzamos con la revolución.

A mí la confianza me pone

Porque, más allá de mi obsesión con el jabón, hay algo que no consigo comprar: el entusiasmo por empezar de cero.

A mí me gustan los cerebros. Los tipos que me hacen reír hasta que me duele la panza. Los que entienden una mirada y saben cuándo acercarse.

Y sí, también me gusta que me conozcan en la cama.

Que ya hayamos superado esa etapa en la que una intenta ser sexy mientras piensa dónde dejar el corpiño para encontrarlo después.

La primera vez tiene demasiada prensa.

Puede ser espectacular, claro. También puede ser una sucesión de instrucciones mal interpretadas, un calambre y alguien preguntando “¿así?” justo cuando una estaba intentando concentrarse.

Es la entrevista laboral del sexo.

Una muestra sus mejores aptitudes, disimula las limitaciones y espera que no le pidan hacer nada para lo que mintió en el currículum.

Yo necesito confianza para soltarme.

Para pedir. Para decir “eso sí” y “eso ni en pedo”. Para reírme si algo sale raro sin sentir que arruiné el clima.

Una vez que te conozco, me animo mucho más.

Ya no estoy metiendo la panza. Estoy ocupada pasándola bien.

Y después de todo ese trabajo para llegar a un lugar tan lindo, ¿tengo que volver a empezar con un señor que todavía me pregunta a qué me dedico?

Flaco, ya expliqué mi trabajo en LinkedIn. Sacame de ahí.

El deseo tiene Google Calendar

Veo las ventajas de abrir la pareja.

Entiendo que podés amar a alguien y tener ganas de acostarte con otra persona. Entiendo que puedas hablarlo, acordarlo y disfrutarlo.

Me parece bastante más honesto que ese congreso en Rosario al que tu marido va seis veces por año y del que nunca trae ni una lapicera.

Pero después aparece la logística.

—El jueves salgo yo.
—El jueves tengo pilates.
—Bueno, el viernes.
—El viernes vienen tus viejos.
—¿Y el sábado?
—El sábado habíamos quedado en pasar tiempo de calidad.
—¿Y cuándo veo a esta persona?
—Preguntale si puede el martes después del service del auto.

Yo leo eso y se me cierra hasta la agenda.

Además, después hay que conversar.

Cómo te sentiste. Cómo me sentí. Qué te pasó cuando te conté. Qué me pasó cuando vi cómo te pasó.

Yo todavía estoy esperando que podamos hablar de por qué deja la ropa al lado del canasto.

No me da para sumar una mesa de análisis después de cada polvo.

Y los celos tampoco deben respetar demasiado el horario de atención.

Una puede estar bárbara con el acuerdo a las seis de la tarde y a las dos de la mañana mirando el techo, pensando: “¿Por qué con ella sí fue a ese restaurante de mierda al que yo le pido ir desde junio?”.

Porque capaz el sexo te lo banco.

Lo de conseguir reserva, no sé.

Y ni hablemos de las triejas

Tres personas vinculándose. Tres deseos. Tres sensibilidades. Tres familias preguntando qué van a hacer para las fiestas.

Yo tengo un grupo de WhatsApp de tres amigas y todavía no conseguimos merendar.

Imaginate agregarle sexo y sentimientos a esa encuesta.

Aunque reconozco que, si una de las tres personas es buena haciendo trámites, capaz me siento a escuchar.

A esta edad, alguien que te diga “dejá, yo llamo al seguro” tiene un erotismo difícil de explicar.

Capaz soy una antigua con buen servicio

Puede ser que me esté perdiendo algo espectacular.

También puede ser que, a los cuarenta y pico, por fin tenga bastante claro qué me calienta y qué me da fiaca.

Me calienta la complicidad. Que me hagan reír en un momento en el que no debería reírme. Que alguien sepa acercarse sin que yo tenga que explicarle todo desde el principio.

Me gusta poder ser una desubicada con la misma persona con la que, veinte minutos después, discuto qué vamos a cenar.

Y todavía encuentro cosas nuevas ahí.

Además, ya sé cuánto ronca. Ya sabe cuánto ronco. A esta altura hay información comprometida de ambos lados y me parece prudente conservar la alianza.

Así que cuando una amiga me cuenta, con brillo en los ojos, que abrieron la pareja y están felices, la escucho.

Quiero saber. Le pregunto. Hay partes que entiendo y otras que hasta me tientan.

Pero mientras ella me habla de un hombre increíble, libre, disponible y sin prejuicios, yo miro la foto y vuelvo a la misma duda:

Todo muy lindo. ¿Pero se bañó?

Contame: ¿abrirías la pareja o bastante tenés con coordinar al que ya está?

Las quiero,Lola
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