Mujer pensativa junto a la ventana con una taza de té y velas.
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Cuando la cabeza se niega a soltar

Hay hombres que pasan por tu vida y apenas dejan una anécdota.

El lindo. El inteligente. El divertido. El que besaba bien. El que prometía demasiado. El que no prometía nada. El que parecía perfecto hasta que dejó de serlo.

Algunos se fueron. A otros los dejé ir yo. Con algunos todavía intercambio algún mensaje perdido cada tanto. Si responden, bien. Si no responden, también. No me mueve un pelo.

Y después está ese.

Ese que, objetivamente, jamás debería haber ocupado tanto espacio en mi cabeza.

No porque haya sido el más atento. Ni el más cariñoso. Ni el más disponible. Ni siquiera el más compatible conmigo.

Todo lo contrario.

El que menos sentido tenía

Con él aprendí que la lógica y las emociones viven en universos completamente distintos.

Porque si uno hiciera una planilla de Excel —deformación profesional, qué le voy a hacer—, este hombre saldría último en el ranking.

Tiene una cabeza complicada. Sus propios miedos. Sus propios tiempos. Su manera particular de desaparecer sin desaparecer del todo.

Yo ya sé cómo funciona.

Sé que, si quiero hablar con él, probablemente tenga que escribirle yo.

Sé que muchas veces no responde.

Sé que, cuando finalmente aparece, una pavada que le mandé hace tres días le causó gracia aunque jamás se haya tomado el trabajo de decir “jaja”.

Y también sé que eso no alcanza.

La ausencia también comunica

Porque llega un momento en que la falta de respuesta deja de ser un detalle y empieza a convertirse en un mensaje.

No importa cuánta empatía tengas por la historia del otro.

No importa cuánto entiendas sus mecanismos.

No importa si sabés que no es mala persona.

El silencio también desgasta.

Y, peor todavía, empieza a hacerte dudar de tu propia realidad.

Porque cuando siempre sos vos la que inicia, la que insiste, la que propone, la que escribe cualquier pavada para arrancarle una sonrisa… inevitablemente aparece la pregunta incómoda.

¿Esto está pasando entre los dos?

¿O solamente está pasando en mi cabeza?

El peligro de enamorarse de una posibilidad

Creo que lo más difícil no es dejar ir a una persona.

Es dejar ir la versión de esa persona que uno construyó.

La posibilidad.

El “si algún día…”

El potencial.

La historia que podría haber sido si el otro lograra vencer sus propios fantasmas.

Pero la realidad no se construye con potencial.

Se construye con presencia.

Con reciprocidad.

Con alguien que, de vez en cuando, también tenga ganas de escribir primero.

Tal vez dejar ir no sea olvidarse

No creo que uno elija de quién se engancha.

Si fuera una decisión racional, todos nos enamoraríamos de la persona emocionalmente disponible, madura y comunicativa.

Y claramente no funciona así.

Lo que sí podemos elegir es cuánto tiempo nos quedamos esperando que alguien sea distinto de lo que viene demostrando.

Porque entender al otro no obliga a quedarse.

Tener empatía no significa aceptar migajas.

Y querer mucho a alguien tampoco alcanza para sostener un vínculo cuando el esfuerzo siempre sale del mismo lado.

Supongo que por eso escribir este post también es una forma de empezar a soltar.

No porque ya lo haya logrado.

Sino porque, por primera vez, empiezo a sospechar que la historia que más necesito dejar ir… no es la de él.

Es la que sigo contándome yo.


¿Alguna vez te pasó que justamente la persona que menos sentido tenía fue la que más te costó olvidar? Contámelo en los comentarios. A veces descubrir que no somos los únicos también ayuda a aflojar el nudo.

#LaVidaMisma #Relaciones #QuienQuisiera

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