Mujer y hombre en cama, separados, duelo y desamor.
La Vida Misma Momento Sexy

El duelo que empieza cuando ya no queda nada que sostener

Lo borré otra vez. Tan boluda soy que por ahi en 6 horas lo vuelvo a agregar.

Y cada vez que lo hago pienso que debería existir un nombre técnico para esta danza ridícula que tenemos: una especie de coreografía afectiva en la que mis dedos hacen lo que mi corazón todavía no se anima a hacer.

Borrar. Agregar. Borrar. Agregar.

Como si cada clic pudiera poner un poco de orden en algo que nunca lo tuvo. Como si eliminar su nombre de mi teléfono fuera suficiente para eliminar también las ganas de saber de él. Como si volver a agregarlo pudiera devolverme la ilusión que acababa de intentar matar.

La última vez que lo había borrado, apareció escribiéndome por un auto nuevo.

Así, sin más.

Un mensaje completamente banal, de esos que deberían pasar sin pena ni gloria. Pero yo lo vi como una señal. Porque cuando todavía querés a alguien, cualquier cosa puede convertirse en una señal.

Volví a agregarlo.

Porque todavía me ilusiono. Porque todavía creo que un gesto mínimo puede esconder algo enorme. Porque todavía existe una parte de mí que piensa que quizá esta vez sí.

Y ahí está el problema.

No es que no sepa lo que está pasando.

Lo sé perfectamente.

Lo que no sé es cómo hacer para que lo que sé y lo que siento dejen de pelearse entre sí.

El almuerzo que nunca fue

Hace un mes que le propongo nuestro almuerzo anual por su cumpleaños.

Un mes entero.

Durante ese tiempo acomodé viajes, horarios, agendas y distancias. Dos horas de manejo para verlo. Dos horas que, para mí, no eran un sacrificio. Eran cariño. Eran intención. Eran mi manera bastante torpe, pero bastante clara, de decir: me importás y quiero compartir un rato con vos.

No necesitaba una gran declaración.

No necesitaba flores, una cena romántica ni una escena de película.

Solo quería verlo.

Pero siempre apareció algo.

Esta vez era el perro.

El perro tenía que ser cuidado. El perro necesitaba estar en casa. El perro, sin proponérselo y probablemente sin tener la menor idea de la existencia de esta historia, terminó convertido en el obstáculo perfecto.

Y yo seguí insistiendo.

Porque cuando quiero, quiero.

Porque cuando me importa alguien, hago espacio.

Porque durante demasiado tiempo confundí mi capacidad de hacer un esfuerzo con la posibilidad de que el otro también quisiera hacerlo.

Hasta que llegó el martes.

El único día que quedaba.

Le escribí: “Feliz casi cumpleaños.”

Y esperé.

Su respuesta fue bastante más fría de lo que me hubiera gustado. Las reuniones que le permitían salir de su casa ya no estaban. No podía. No salía. No podía verme.

No había una pelea. No había una discusión. No había siquiera una excusa particularmente elaborada.

Y quizás por eso dolió más.

Porque a veces la respuesta más dolorosa es también la más sencilla.

No quiere lo suficiente.

Y sí, ya sé que no es exactamente lo mismo que no querer.

Porque esta conversación ya la tuvimos alguna vez.

Y probablemente, si él contara esta historia, la contaría de otra manera.

Él no diría que no quiere verme.

Diría que no puede.

Que tiene cosas que hacer. Que no puede salir. Que no tiene cómo acomodarse. Que las circunstancias no se lo permiten.

Y quizás tenga razón.

Quizás realmente no puede.

Pero hay una diferencia que me está costando dejar de mirar: cuando alguien realmente quiere algo, muchas veces encuentra la manera.

No siempre. La vida existe. Hay responsabilidades, horarios, reuniones, perros y miles de cosas que pueden complicar un encuentro.

Pero cuando de verdad querés estar con alguien, cuando algo te importa lo suficiente, buscás una alternativa. Movés una pieza. Inventás una solución.

Aunque sea imperfecta.

Y quizás esa sea la parte que más me cuesta aceptar.

No sé si no puede.

Quizás no puede.

Lo que sí sé es que no está encontrando la manera.

Y después de tantas conversaciones, quizás esa diferencia ya no importa tanto como yo quisiera.

Porque yo no necesito que alguien tenga tiempo para mí porque puede.

Necesito que quiera encontrarlo.

Y eso es lo que duele.

Y después está nuestra historia

Lo complicado es que tampoco puedo decir que entre nosotros no haya nada.

Porque si fuera tan simple, probablemente ya lo habría soltado.

Hay algo.

Algo que nunca terminamos de nombrar, pero que tampoco terminamos de negar.

De hecho, hace unos meses tuvimos una de esas conversaciones absurdas que solo podemos tener nosotros. Estábamos hablando de nuestras particularidades y, entre risas, le pregunté:

“¿Vos creés que nosotros hubiéramos matcheado en un programa tipo Amor en el espectro?”

Porque, seamos sinceros, normales no somos ninguno de los dos.

Bueno, quizás él un poquito menos.

Los dos tenemos nuestras rarezas, pero en él hay algo especialmente particular. Las relaciones sociales se le dan bárbaro. El trabajo, los compañeros, los after office, hablar con gente, moverse en grupos… todo eso lo maneja perfectamente.

Pero cuando la relación es de a dos, cuando ya no hay un contexto que le diga qué hacer, qué decir o cómo comportarse, la cosa cambia.

Y mucho.

Hablar nunca fue exactamente lo suyo.

Comunicarse de manera clara, tampoco.

Con él casi todo está en gris. Siempre hay que interpretar. Leer entre líneas. Analizar un mensaje. Recordar cómo dijo algo. Pensar qué quiso decir cuando dijo otra cosa.

Es agotador.

Y, al mismo tiempo, es parte de lo que hace que esta historia sea tan difícil de cerrar.

Porque nunca hay una respuesta completamente clara.

Nunca es sí.

Nunca es no.

Siempre hay un puede ser escondido en alguna parte.

Y entonces le hice aquella pregunta medio en chiste, medio en serio.

“¿Vos creés que hubiéramos estado juntos si nos hubieran puesto en uno de esos shows para encontrar pareja entre personas autistas?”

Su respuesta fue sí.

Así, sin demasiada explicación.

Sí.

Y obviamente nos reímos.

Porque somos así.

Pero después me quedé pensando.

Porque cuando alguien que nunca fue particularmente claro con vos te dice que sí, que cree que ustedes dos hubieran hecho match, es difícil no preguntarse qué significa.

Quizás no significa nada.

Quizás fue simplemente otra de nuestras conversaciones raras.

Quizás fue una respuesta espontánea, sin mayor profundidad.

Pero también puede ser que, en algún lugar, algo haya.

Algo que él tampoco sabe explicar.

Algo que aparece de vez en cuando y después vuelve a esconderse debajo de todas las complicaciones.

Y ese es exactamente el problema.

Que hay algo.

Pero nunca hay suficiente.

El problema de vivir entre líneas

Creo que durante mucho tiempo confundí esa ambigüedad con profundidad.

Pensaba que si era complicado era porque tenía significado.

Que si había tantas cosas que interpretar, quizás era porque había algo importante que ninguno de los dos sabía cómo decir.

Y puede ser.

O puede que simplemente algunas personas sean malas comunicándose cuando lo que está en juego es algo íntimo.

Él puede ser brillante hablando con todo el mundo y completamente inútil cuando se trata de hablar conmigo.

Puede tener conversaciones de horas en un after office y, cuando llega el momento de decir algo que realmente importa entre dos personas, quedarse en silencio, cambiar de tema o dejarme a mí haciendo el trabajo de interpretación.

Y yo acepté eso durante demasiado tiempo.

Porque también me gusta esa parte de nuestra historia.

Nos reímos mucho.

Muchísimo.

Tenemos una forma de hablar que probablemente a cualquier persona normal le parecería completamente absurda.

Nos entendemos en cosas que no necesitamos explicar.

Hay momentos en los que siento que somos dos personas que hablan un idioma que nadie más entiende.

Y quizás por eso es tan difícil aceptar que entenderse en algunas cosas no necesariamente significa saber construir una relación.

Podés tener química.

Podés tener códigos.

Podés reírte durante horas.

Podés sentir que hay algo especial.

Y aun así no saber cómo hacer que eso funcione cuando llega el momento de estar realmente juntos.

Ese es el lugar en el que nosotros vivimos.

En el gris.

En el quizás.

En el no puedo que podría significar no quiero o no sé cómo.

En las conversaciones que terminan sin terminar.

En los mensajes que parecen decir algo y después no dicen nada.

En esa sensación permanente de que hay una pieza que falta y que, si alguna vez apareciera, todo finalmente tendría sentido.

El duelo por lo que pudo haber sido

Y quizás por eso este duelo es tan difícil.

Porque no estoy llorando una relación que terminó.

Estoy llorando una posibilidad.

Estoy llorando todos los qué hubiera pasado si…

¿Qué hubiera pasado si nos hubiéramos conocido en otro momento?

¿Qué hubiera pasado si él hubiera sido más claro?

¿Qué hubiera pasado si yo hubiera esperado menos?

¿Qué hubiera pasado si alguno de los dos hubiera tenido el coraje de decir exactamente lo que sentía?

¿Qué hubiera pasado si ese que me dio entre risas hace unos meses significara algo más?

No lo sé.

Y probablemente nunca lo voy a saber.

Pero quizás ese sea justamente el punto.

No puedo construir mi vida alrededor de todas las cosas que podrían haber pasado.

Porque mientras yo estoy ocupada imaginando lo que podría ser, la realidad sigue pasando.

Y la realidad es que hace un mes estoy intentando organizar un almuerzo.

La realidad es que recorrí dos horas para verlo más de una vez.

La realidad es que él no está encontrando la manera.

Y la realidad también es que yo sigo buscando una explicación que me permita quedarme.

Quizás no tengo que dejar de quererlo

Creo que durante mucho tiempo pensé que para soltar a alguien tenía que dejar de quererlo.

Como si primero tuviera que desaparecer el sentimiento y recién después pudiera alejarme.

Ahora creo que funciona al revés.

A veces tenés que alejarte mientras todavía querés.

Tenés que aceptar que alguien puede importarte y, aun así, no ser capaz de darte lo que necesitás.

Podés pensar que hay algo especial entre ustedes y, aun así, reconocer que eso no alcanza.

Podés creer que en algún lugar hay un y, aun así, aceptar que en la vida real ese sí no está apareciendo.

Y quizás eso sea lo más difícil.

No necesito demostrar que entre nosotros no hubo nada.

No necesito convencerme de que todo fue inventado.

Porque probablemente no fue así.

Algo hubo.

Algo hay.

Pero una cosa es que haya algo y otra muy distinta es que ese algo alcance para construir una relación.

Y quizás yo estuve demasiado tiempo intentando convertir una conexión en una historia.

Volver a mí

Así que sí.

Acá estoy otra vez.

Empezando el duelo desde cero.

O eso parece.

Porque hay días en los que siento que no aprendí absolutamente nada. Que vuelvo al mismo lugar, con la misma persona, con la misma esperanza y con la misma estupidez emocional.

Pero quizás no estoy exactamente en el mismo lugar.

Quizás esta vez puedo ver algo que antes no veía.

No necesito dejar de sentir para empezar a soltar.

Puedo extrañarlo y no escribirle.

Puedo tener ganas de verlo y aceptar que él no está encontrando la manera de verme.

Puedo pensar que quizás hay algo entre nosotros sin pasar el resto de mi vida esperando que ese algo se convierta en otra cosa.

Puedo recordar todas las veces que nos reímos y reconocer que esos momentos fueron reales, aunque nunca hayan llevado a donde yo quería.

Y puedo dejar de castigarme por haber esperado.

Porque querer no es ser idiota.

Ilusionarse tampoco.

Lo que tengo que aprender es cuándo dejar de esperar.

Quizás el duelo empieza exactamente ahí.

No cuando dejás de querer.

No cuando dejás de extrañar.

No cuando finalmente podés escuchar una canción sin pensar en esa persona.

Quizás empieza cuando aceptás que no podés construir una historia por dos.

Cuando entendés que un “no puedo” puede ser cierto y, aun así, no ser suficiente para vos.

Cuando dejás de buscar la diferencia entre no puede, no quiere, no sabe cómo y no quiere lo suficiente.

Porque cualquiera que sea la explicación, el resultado es el mismo: no está pasando.

Y yo necesito empezar a hacer las paces con eso.

Tal vez no tengo nada que soltar.

Tal vez lo que tengo que soltar es la necesidad de que algo que nunca fue termine de convertirse en algo.

Y aunque todavía duela, aunque todavía haya días en los que mi dedo vuelva a buscar su nombre para agregarlo otra vez, hay algo diferente.

Esta vez sé lo que estoy haciendo.

No lo borro porque haya dejado de importarme.

Lo borro porque necesito dejar de poner mi esperanza en lugares donde nadie la está sosteniendo conmigo.

Y quizás esa sea la forma más silenciosa de volver a elegirme.

No con una gran declaración.

No con una escena dramática.

No con una promesa de que nunca más voy a caer.

Solo dejando de correr detrás de una respuesta que probablemente nunca va a llegar en el idioma claro que necesito.

Porque quizás eso también sea quererme.

Aceptar que puede haber algo entre nosotros y, al mismo tiempo, aceptar que ese algo no me alcanza.

Un paso chiquito.

Torpe.

Tardío.

Pero mío.

¿Y vos?

¿Alguna vez te dolió alguien que nunca estuvo realmente?

¿Alguna vez sentiste que había algo entre ustedes, pero nunca lo suficiente como para construir algo concreto?

¿Alguna vez te encontraste leyendo entre líneas porque la otra persona nunca decía claramente lo que sentía?

¿Alguna vez alguien te dijo “no puedo” y vos te quedaste pensando si, en realidad, significaba “no quiero lo suficiente”?

Porque quizás somos muchas más las que estamos aprendiendo que soltar a alguien no siempre significa dejar de quererlo.

A veces significa dejar de esperar.

Y eso, aunque duela, también puede ser una forma de volver a elegirnos.

#amornocorrespondido #relacionesquenoson #quererlosuficiente

Lo Popular!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *