Fondo abstracto acuarela en tonos melocotón y verde azulado con líneas doradas

La diferencia entre mandar un mensaje y mandar un mensaje

Lola Mandando Un Mensaje

Hoy le escribí a un amigo.

No fue un mensaje dramático. No fue una declaración de amor. No fue una pelea. Ni siquiera fue algo especialmente importante.

Fue algo simple:

“Sé que tu empresa está atravesando cambios. Si en algún momento creés que puedo ayudar, me encantaría que me tengas en cuenta.”

Lo curioso es que estuve días pensando si enviarlo.

Y eso me hizo reír.

Porque hace unos meses le escribí algo parecido a otro amigo y no lo pensé ni cinco segundos. Lo mandé, seguí con mi vida y fin del asunto.

Esta vez fue diferente

Mucho más diferente de lo que me gustaría admitir.

Analicé el momento. Analicé el mensaje. Analicé el tono. Analicé las posibles respuestas. Analicé los posibles silencios. Analicé si sonaba demasiado directa o demasiado vaga. Si era un buen momento o si convenía esperar al lunes. Si parecía oportunista. Si estaba interrumpiendo algo. Si lo leería con el mismo tono con el que yo lo estaba escribiendo.

E incluso hice cinco tiradas de tarot.

Cinco.

En algún punto ya no estaba buscando una respuesta.

Estaba intentando conseguir una garantía.

Pero el tarot, los amigos y el sentido común parecían coincidir bastante más que yo.

El problema nunca fue el mensaje

El problema era el destinatario.

A veces creemos que estamos analizando una decisión. En realidad estamos intentando protegernos de una respuesta que nos importa.

No nos da miedo preguntar.

Nos da miedo que justo esa persona diga que no.

O peor.

Que diga nada.

Cada nueva versión del mensaje prometía resolver una duda distinta.

Ninguna resolvía la única que importaba.

Porque, si soy honesta, el problema no era el mensaje.

Era que una vez enviado dejaba de pertenecerme.

Mientras estaba en mi cabeza todavía podía corregirlo, mejorarlo, reescribirlo. Podía imaginar todas las respuestas posibles, incluso las que nunca iban a ocurrir.

Pero apenas apretara “Enviar”, tenía que convivir con algo mucho más incómodo:

la incertidumbre real.

El momento en que hay que dejar de pensar

Hasta que me cayó una verdad bastante simple.

Hay decisiones que dejan de mejorar cuando las seguimos pensando.

Simplemente llega un momento en que hay que apretar “Enviar”.

No porque estemos seguros.

Sino porque preferimos una respuesta real a cien escenarios imaginarios.

Así que lo mandé.

Y después pasó algo maravilloso

Nada.

El mundo no se terminó. No sonaron alarmas. No apareció un comité internacional a evaluar mi mensaje. No recibí una respuesta instantánea que cambiara mi vida.

Simplemente quedó ahí.

Enviado.

Flotando en el universo.

Y a veces eso ya es una victoria.

Porque muchas oportunidades no se pierden por un rechazo.

Se pierden por quedarse para siempre en borradores.

La valentía suele ser menos épica de lo que imaginamos

Y quizá esa sea la parte más extraña de crecer: descubrir que la valentía no siempre consiste en hacer algo extraordinario.

A veces consiste simplemente en dejar de editar el mismo mensaje y mandarlo de una vez.

💜

Porque muchas veces no estamos esperando el momento correcto. Estamos esperando dejar de tener miedo. Y ese momento casi nunca llega.

Las quiero,Lola
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