Si alguna vez querés conocer el verdadero significado de la palabra paciencia, tené una hija adolescente.
Aunque, pensándolo bien, no hace falta. Tené una hija adolescente y vas a descubrir que la paciencia tiene un límite y que ese límite probablemente llegue alrededor de las 7:42 de la mañana, cuando le pedís por cuarta vez que haga algo y te contesta, sin siquiera levantar la vista del teléfono:
—Más tarde.
Más tarde.
La palabra favorita de mi hija.
Todo puede esperar. Todo es para después. El universo puede estar colapsando, pero ella lo va a atender más tarde.
Criar una hija adolescente es aprender a esperar
Y yo, que durante años pensé que la maternidad era acompañar, enseñar, poner límites y criar una persona independiente, ahora me encuentro teniendo discusiones absurdas sobre cosas que jamás imaginé que iban a ocupar espacio en mi vida adulta.
—¿Podés hacerlo ahora?
—Más tarde.
—Pero te lo estoy pidiendo ahora.
—Ya sé.
Ese “ya sé”…
Dios mío.
Hay momentos en los que me agarro la cabeza y pienso que la ahorcaría.
Obviamente no la ahorco.
Primero porque no soy una psicópata.
Y segundo porque es mi hija.
Mi única hija.
Y ahí está el problema: no hay repuesto. No existe el “bueno, con el próximo vemos si nos sale mejor”. No. Esta vino así. Es la versión que tenemos. Y aparentemente no acepta devoluciones.
Además, todo viene con un “quiero”.
Y una empieza a pensar que quizás el verdadero objetivo de la adolescencia no es independizarse, sino conseguir que los padres desarrollen una resistencia sobrenatural al “quiero”.
Primero viene el no.
Después el quiero.
Después los gritos.
Y en algún momento una se encuentra mirando al techo preguntándose en qué momento pasó de ser una mujer adulta funcional a estar discutiendo con una criatura sobre algo que, honestamente, ya ni recuerda cómo empezó.
La adolescencia también viene con abrazos
Y entonces, cuando ya estoy al borde de perder completamente la paciencia, pasa.
Viene.
Me abraza.
Me da un beso.
Se acurruca conmigo.
Y ahí, la muy hija de puta, me derrite.
Porque todavía quiere eso.
Todavía quiere a mamá.
Todavía busca el abrazo.
Todavía, después de todo el “dejame”, vuelve y se mete al lado mío como cuando era chiquita.
Y una se queda ahí, abrazándola, pensando que quizás esta parte también es la adolescencia: verla alejarse mientras todavía, de vez en cuando, vuelve a buscarte.
La maternidad real no se parece mucho a lo que imaginábamos
Así que sí, me desespera.
Me saca de quicio.
Me hace gritar.
Y probablemente me va a hacer conocer niveles de paciencia que no sabía que existían.
Pero después se acurruca conmigo y pienso: bueno… está bien.
Hasta mañana.
Porque mañana, cuando le diga que haga algo, seguramente me va a mirar y me va a contestar:
—Más tarde.
Y ahí estaré yo otra vez, respirando profundo y preguntándome cómo puede ser que una persona a la que amo tanto tenga semejante talento para sacarme de quicio.
Porque quizás eso también es criar una hija adolescente: aprender a convivir con la contradicción de querer que crezca y, al mismo tiempo, querer que por un ratito vuelva a ser esa nena que se acurrucaba con vos.
¿Soy la única sobreviviendo al “más tarde” o ustedes también tienen una adolescente que convirtió esas dos palabras en un estilo de vida? Cuéntenme, necesito saber que no estoy sola.
#MaternidadReal #Adolescencia #QuienQuisiera


