Mujer fitness de 40 años con cabello largo y ondulado, posando en ropa deportiva
Inspiracion La Vida Misma

Pensé que a los 40 iba a sentirme vieja. Me equivoqué.

Cuando tenía 20 años, los 40 me parecían la edad oficial de las señoras. Ya tengo 45 pero generalicemos,

No de esas señoras interesantes que viajan por Europa, toman vino y tienen historias increíbles para contar. No. Hablo de las señoras comunes. Las que usan zapatos cómodos, se acuestan temprano y empiezan las conversaciones con “esperá que me acomode la espalda”.

Estaba convencida de que para esta edad iba a sentirme agotada. Después de décadas de trabajo, hijos, responsabilidades y estrés, imaginaba una versión bastante desgastada de mí misma. Una especie de jubilación emocional anticipada.

Lo curioso es que no pasó.

Y nadie está más sorprendida que yo.

La cara sigue dando pelea

Si me hubieran preguntado a los 20 cómo me imaginaba a los 40, probablemente habría dicho que con muchas más arrugas, muchas menos ganas y un corte de pelo práctico.

La realidad es bastante distinta.

La cara sigue resistiendo bastante bien. No voy a atribuírselo a la genética porque estaría faltando a la verdad. Hay cremas involucradas. Muchas cremas. Algunas con precios que prefiero no calcular para no entrar en una crisis existencial.

También está el maquillaje estratégico. Ese que no tiene como objetivo que te veas maquillada, sino que parezca que te despertaste así de descansada y luminosa. Una misión imposible que perseguimos millones de mujeres todos los días.

Por ahora, siento que todavía me quedan unos cuantos años de margen antes de empezar a negociar seriamente con el botox.

El inesperado capítulo fitness

Si hay algo que jamás vi venir fue esto.

A los 20 pensaba que a los 40 el cuerpo empezaba una lenta decadencia. No dramática, pero sí evidente. Menos energía, menos fuerza y más excusas para no hacer ejercicio.

En cambio, terminé teniendo más músculos que nunca.

Trabajo desde casa, así que el gimnasio se convirtió en mi principal actividad social. Ya no estoy segura de si voy para entrenar o simplemente para recordar cómo se ve otra gente adulta.

Lo que sí sé es que funciona.

Hay días en los que me miro al espejo y pienso que jamás tuve esta fuerza física en mis veintitantos. No sé si parezco una atleta o alguien que podría ayudarte a mover una heladera sin llamar a una mudanza, pero definitivamente no era parte del plan original.

El secreto que nadie te cuenta

Hay un tema que me llamó la atención cuando llegué a esta edad.

Las ganas.

Porque cuando sos joven pareciera que existe una narrativa bastante instalada: a medida que envejecés te volvés más tranquila, más serena y menos interesada en ciertas actividades.

Bueno… alguien nos mintió.

Las ganas siguen ahí.

Tal vez la logística sea más complicada. Tal vez haya menos tiempo, más cansancio y más interrupciones. Tal vez los hijos desarrollaron algún tipo de radar sobrenatural para aparecer exactamente en el peor momento posible.

Pero la realidad es que la cabeza no recibió el memo de que ya cumplimos 40.

El problema ahora es vestirse

Cuando tenía 20 años podía ponerme una remera cualquiera y sentirme fantástica.

Era una época maravillosa.

Ahora cada compra parece una auditoría completa de identidad.

¿Esto me queda bien?

¿Esto es elegante?

¿Esto es moderno?

¿O estoy entrando en territorio peligroso y voy camino a convertirme en esa persona que intenta desesperadamente vestirse como alguien veinte años menor?

Nunca gasté tanto en ropa como ahora.

Y nunca pensé tanto en ella tampoco.

La verdadera crisis de la mediana edad no son las arrugas. Es encontrar un jean que te guste, te quede bien y no te haga sentir que estás participando en un experimento social.

Entonces, ¿qué pasó con los 40?

La verdad es que no se parecen en nada a lo que imaginaba.

No me siento vieja.

No me siento terminada.

No me siento retirada de la vida.

Me siento bastante parecida a la persona que era a los 25, solo que con más responsabilidades, más experiencia y una capacidad mucho mayor para detectar situaciones que no valen mi energía.

Quizás esa sea la verdadera diferencia.

A los 20 creía que a los 40 iba a tener todas las respuestas.

A los 40 descubrí que nadie las tiene.

Algunos simplemente aprendimos a improvisar mejor.

Y si podemos hacerlo con una buena crema hidratante, un jean que favorezca y unos cuántos músculos inesperados, mejor todavía.

Porque después de todo el miedo que me daban los 40…

La realidad terminó siendo muchísimo más divertida.

VidaALos40 #ExpectativasVsRealidad #MujeresReales

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