Mi tono natural de piel no es “blanco”. Es más bien “blanco que brilla en la oscuridad”. Algo así como un resaltador humano. Así que, como muchas otras almas pálidas, he pasado años explorando el fascinante y a veces trágico universo de los autobronceantes.Hay dos tipos de personas en este mundo: las que se broncean con solo mirar el sol… y las que reflejamos la luz de la luna como si fuéramos parte del alumbrado público. Yo, claramente, pertenezco al segundo grupo.

Todo empieza con esperanza. Ves el frasco: una modelo dorada, perfecta, caminando por la playa como si hubiera nacido en Capri. El texto promete un “sun-kissed glow natural y gradual”. Uno piensa: esta vez sí.  

Primer intento.  

Te lo aplicas con dedicación casi científica. Exfoliación previa, crema en codos, guantes especiales… todo el ritual. Te vas a dormir soñando con despertarte convertida en una diosa mediterránea.

Te despiertas…  

y en el espejo te mira alguien que podría ser primo lejano de una zanahoria.

Naranja.  

No “besada por el sol”.  

Naranja cítrico intenso.

Después están los otros. Los optimistas. Los que prometen un color “gradual y natural”. Traducción real: necesitas aplicarlo religiosamente durante 12 días seguidos para conseguir un tono que podría describirse como “ligeramente menos fantasma”.

Y cuando finalmente logras un color aceptable, digno de salir a la calle sin parecer parte del elenco de Casper… llega la ducha.  

Un lavado.  

Y el bronceado se despide de tu cuerpo como un amigo que solo vino a pasar el fin de semana.

Ni hablar de las rayas. Porque claro, hay zonas donde el autobronceante decide que sí quiere trabajar. Tobillos. Muñecas. A veces una rodilla. El resto del cuerpo… bueno, eso ya lo vemos.

En algún momento del proceso también descubres el aroma. Ese perfume inconfundible que todas las marcas intentan disfrazar con “coco tropical” o “mango exótico”, pero que inevitablemente termina oliendo a… autobronceante. Un olor que te acompaña fielmente durante 24 horas recordándote que tu bronceado es, en efecto, 100% artificial.

Y sin embargo… seguimos intentándolo.

Porque la alternativa es aceptar que en las fotos de verano siempre voy a ser la persona que parece haber sido insertada en Photoshop con la herramienta de brillo al 120%.

Así que aquí sigo. Probando fórmulas, espumas, gotas mágicas, mousses, sprays y quién sabe qué más. En busca de ese mítico autobronceante que:  

– no me deje naranja,  

– no tarde tres semanas en hacer efecto,  

– no se vaya con el primer shampoo…  

y no me haga parecer un mapa topográfico de manchas.

Si algún día lo encuentro, prometo escribir otro post.  

Pero por ahora, si me ven brillar en la oscuridad…  

no se preocupen.  

Probablemente es porque anoche me duché.

Besos y Manchas,

L

#Autobronceante #HumorCotidiano #PielBlancaTeta

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