Hace unas semanas escribí sobre el famoso día 15.
Ese punto exacto donde una empieza a preguntarse si el sexo sigue existiendo o si fue simplemente una moda de principios de los 2000.
En ese momento estaba convencida de que la sequía estaba por terminar.
Qué ternura.
Porque apenas publiqué ese post, el universo decidió demostrarme que tenía otros planes.
Primero llegó una bacteria estomacal infernal.
Después unos dedos del pie rotos.
Y cuando parecía que ya habíamos cubierto la cuota de desgracias del mes, apareció una visita familiar de duración indefinida.
De repente, lo que parecía un pequeño retraso se convirtió en una espera con fecha de finalización desconocida.
Yo ya no contaba días.
Contaba obstáculos.
Y sinceramente, empecé a sospechar que el universo me estaba castigando.
No sabía por qué.
Capaz por todas las veces que me reí de los dramas amorosos ajenos.
Capaz por soberbia.
Capaz porque alguien allá arriba necesitaba entretenimiento.
El supuesto ghosting
Mientras tanto, había otro tema.
Un hombre con el que venía hablando desde hacía un tiempo desapareció.
No desapareció de verdad.
Simplemente dejó de contestar.
Pero las mujeres sabemos que entre “está ocupado” y “nunca más te va a escribir” hay aproximadamente siete segundos de distancia.
Así que después de varios días de silencio hice lo que cualquier mujer madura y emocionalmente equilibrada haría.
Entré a Instagram.
La búsqueda completamente inocente
Y ahí pasó algo curioso.
Mientras hacía scrolling apareció en mi cabeza el recuerdo de un viejo compañero de la facultad.
Uno de esos hombres que cada veinte años vuelven a tu memoria sin previo aviso.
O al menos eso nos gusta decirnos.
Lo busqué.
Por curiosidad.
Por ciencia.
Por investigación académica.
Y porque claramente no tenía nada mejor que hacer.
Lo encontré.
Lo agregué.
Me aceptó.
Y empezamos a hablar.
Hasta ahí todo normal.
O eso pensé.
El problema con los hombres que envejecen demasiado bien
Porque yo esperaba encontrar al típico compañero universitario convertido en señor.
Un poco más ancho.
Un poco más cansado.
Con fotos de parrillas.
Con fotos de vinos.
Con opiniones sobre inversiones.
Lo normal.
Pero no.
El desgraciado decidió llegar a los cuarenta y pico exactamente igual de atractivo que a los veinte.
Tal vez mejor.
Mucho mejor.
Y sinceramente me parece una conducta profundamente irresponsable.
Porque una cosa es reencontrarte con alguien del pasado.
Y otra muy distinta es reencontrarte con alguien del pasado y descubrir que sigue estando peligrosamente bueno.
No ayuda.
Para nada ayuda.
El universo tiene sentido del humor
Lo mejor vino después.
Porque justo cuando empezábamos a hablar…
Reapareció el desaparecido.
Como si nada.
Como si no hubiera dejado un silencio lo suficientemente largo como para que yo ya estuviera escribiendo el capítulo siguiente de mi vida.
Resulta que no era ghosting.
Resulta que estaba ocupado.
Claro.
Por supuesto.
Y así fue como pasé de pensar que no tenía ningún candidato a encontrarme con dos.
En la misma semana.
Back to back.
Meses sin novedades.
Y de golpe dos hombres escribiéndome al mismo tiempo.
La vida tiene un sentido del humor bastante cuestionable.
El trabajo que nadie menciona
Lo que nadie te cuenta sobre estas situaciones es la cantidad de trabajo que generan.
Porque mantener conversaciones interesantes después de los cuarenta es prácticamente un segundo empleo.
Hay que responder mensajes.
Hay que recordar detalles.
Hay que acordarse quién te contó qué.
Hay que parecer interesante.
Hay que parecer misteriosa.
Hay que parecer relajada.
Y encima están las selfies.
Las supuestamente casuales.
Las que requieren cuarenta fotos, cinco borradas inmediatas y una negociación emocional con tu propia cámara frontal.
Nadie habla de esto.
Nadie.
La teoría de la redirección
Y ahí fue cuando me cayó la ficha.
Capaz el universo no me estaba castigando.
Capaz me estaba redireccionando.
Porque si el desaparecido hubiera seguido contestando normalmente, jamás habría abierto Instagram.
Y si jamás hubiera abierto Instagram, nunca habría encontrado al compañero de la facultad.
Y si nunca lo hubiera encontrado, me habría perdido varias semanas de conversaciones inesperadas, sonrisas completamente ridículas mirando el teléfono y la agradable sensación de recordar que todavía puedo ponerme nerviosa por alguien.
Que a esta edad no es poca cosa.
Porque después de los cuarenta una ya sabe quién es.
Sabe pagar impuestos.
Sabe criar hijos.
Sabe sobrevivir reuniones eternas.
Sabe organizar una casa.
Pero descubrir que todavía alguien puede acelerarte un poco el corazón sigue siendo una sorpresa hermosa.
Conclusiones científicamente cuestionables
Así que mi nueva teoría es esta:
Cada vez que algo parece salir mal, tal vez no sea una tragedia.
Tal vez sea una redirección.
O tal vez no.
Tal vez simplemente tuve suerte.
Pero mientras intento descifrarlo, sigo acá.
Esperando que termine la seguidilla de accidentes domésticos.
Esperando que se despejen los calendarios.
Y agradeciendo, aunque me cueste admitirlo, aquel supuesto ghosting que me empujó a abrir Instagram esa noche.
Porque hace un mes estaba convencida de que el universo me estaba castigando.
Hoy sospecho que simplemente estaba moviendo las piezas.
Y por una vez, parece que las está acomodando bastante bien.
Con cariño,
La cuarentona que salió a buscar respuestas y encontró algo mucho más entretenido.
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