Dos amigas bebiendo vino tinto, una preocupada por la otra.
La Vida Misma Trabajadora Un Desastre

Mi mejor amiga no está bien. Y creo que ni siquiera se dio cuenta.

El plan perfecto

Volví a Buenos Aires.

Hice todo lo que hace cualquier argentino que vive afuera y vuelve de visita: compré las diez botellas de vino que voy a ir repartiendo estratégicamente entre amigos y familia, lavé toda la ropa, armé la agenda de visitas y pensé “listo, misión organizada”. Soy un Excel con pasaporte.

La primera parada fue la casa de mi mejor amiga, que vive en las afueras de la ciudad.

La pasé espectacular.

Cocinamos como si fuéramos a alimentar un batallón, hablamos durante horas, nos bajamos tres botellas de tinto con una dignidad admirable para dos mujeres de cuarenta y pico, vimos el partido de los chicos, arreglamos el mundo unas siete veces y nos fuimos a dormir a las dos y media de la mañana. Hicimos un año entero de amistad comprimido en cuarenta y ocho horas.

Yo pensaba volver feliz.

Volví preocupada.

La igualdad nos salió bastante cara

Porque yo no soy de preocuparme demasiado. Mi filosofía es bastante básica: si tiene solución, se resuelve; si no la tiene, ¿para qué me voy a hacer úlcera? Bastante caro está el omeprazol.

Pero esta vez me vine con un nudo.

Mi amiga trabaja todo el día.

Y cuando termina de trabajar… empieza a trabajar.

No sé quién nos vendió que la igualdad consistía en conservar todas las tareas de antes y además sumar un empleo de tiempo completo. El marketing fue brillante. Caímos todas.

Ella sale de la oficina y empieza el segundo turno. Los chicos, la casa, las compras, la comida, los horarios, los problemas, los trámites, las mochilas, los cumpleaños, los “mamá”, los “¿dónde está?”, los “¿me ayudás?”. En algún momento alguien la llama por su nombre, pero sospecho que ya ni gira la cabeza.

No sos asexual. Estás agotada.

Le pregunté hace cuánto no tenía sexo.

Hace meses.

“Ya soy asexual”, me dijo.

No, mi amor.

Perdón, pero no.

A los cuarenta y cinco no nos despertamos un martes convertidas en plantas de interior. Lean mis posts de los días sin sexo. Si alguien sabe que el deseo sigue vivo aunque una quiera estrangular a un hombre con un repasador, soy yo.

Lo que pasa es que cuando vivís con el nivel de estrés de un controlador aéreo en Navidad, el cuerpo empieza a apagar funciones para ahorrar energía.

El deseo es el primero en irse de vacaciones.

Y no vuelve.

El marido: buen tipo, poca utilidad

También hablamos del marido.

Pobre hombre… encima se lo presenté yo.

Es bueno.

No es malo.

Simplemente… no suma.

Es como esos electrodomésticos que consumen electricidad pero no hacen absolutamente nada útil.

Está.

Respira.

Ocupa espacio.

Genera gastos.

Y cada tanto necesita mantenimiento.

No se separa porque, paradójicamente, le complicaría todavía más la vida. Entre alquileres, logística, hijos y cuentas, divorciarse sería un lujo que no puede pagar.

Hay matrimonios que siguen juntos por amor.

Otros por costumbre.

Y después están los que siguen juntos porque hacer Excel con dos presupuestos distintos da ansiedad.

Cuando hasta las brujas entran en el presupuesto

En un momento la miré y le dije:

—Che… ¿fuiste a una bruja?

Porque cuando la ciencia no alcanza, las mujeres latinoamericanas tenemos protocolos.

Me respondió completamente seria:

—Sí. Fui a dos el año pasado. Y hace seis meses llevé a mi marido para un refuerzo.

No pude ni reírme.

Porque entendí que cuando una mujer empieza a gastar plata en limpiezas energéticas no siempre está buscando sacar malas vibras.

A veces está buscando una explicación.

Porque aceptar que hiciste todo bien y, sin embargo, igual te está pasando un camión por encima… duele bastante más.

Cinco horas de viaje. Cero horas para ella.

No hace gimnasio.

No sale.

No tiene un hobby.

No tiene diez minutos de silencio.

No se pone una crema porque no le alcanza el tiempo.

No puede mirar una película porque se duerme antes de los títulos.

Viaja dos horas y media para ir a trabajar y otras dos horas y media para volver.

Cinco horas por día.

Cinco.

Yo me canso de escribir el número.

No se muda porque donde vive los chicos tienen una vida hermosa.

Y ahí fue cuando me cayó la ficha.

Toda la conversación giraba alrededor de los chicos.

Siempre los chicos.

Ellos tienen que estar bien.

Ellos tienen que crecer felices.

Ellos tienen que tener oportunidades.

¿Y ella?

¿En qué momento la mamá dejó de contar?

Porque ella también merece una buena vida.

No una buena jubilación.

No “ya vas a descansar cuando crezcan”.

Ahora.

Mientras todavía tiene energía para disfrutarla.

Y eso fue lo que más me preocupó.

No el cansancio.

No el estrés.

Sino que ya ni siquiera imagina otra posibilidad.

Como si esta fuera la vida que le tocó y punto.

Como si resignarse fuera una etapa natural de la adultez.

La comodidad de preocuparse

Lo peor es que yo hablo desde un lugar ridículamente cómodo.

Fui.

La abracé.

Tomamos vino.

Le hice compañía.

Y ahora sigo recorriendo Buenos Aires, visitando gente, haciendo asados, tomando café y creyéndome muy reflexiva.

Mañana la que se levanta antes de que salga el sol para volver a la rueda no soy yo.

Es facilísimo preocuparse cuando después una se vuelve a su vida.

Por eso este post no tiene moraleja.

No les voy a decir que se separen, que hagan terapia, que mediten, que respiren profundo ni que se compren un diario de gratitud.

Si alguna de esas cosas resolviera el agotamiento femenino, ya tendríamos una fábrica de cuadernos al lado de Vaca Muerta.

Solo me vine con una pregunta.

Si para que todos alrededor vivan bien una mujer tiene que desaparecer un poquito todos los días…

¿No será que el sistema funciona exactamente como fue diseñado?

SaludMental #CargaMental #QuienQuisiera

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