Hay un momento en esta saga de los días sin sexo en el que una deja de preguntarse si está teniendo mala suerte.
No.
A esta altura una empieza a sospechar que hay un comité. Gente reunida alrededor de una mesa diciendo: “¿Qué hacemos esta semana para complicarle la vida amorosa a Luz?”. Y alguno levanta la mano y dice: “¡Ya sé! Metámosle una ex novia viviendo en la casa del candidato”. Todos aplauden. Se sirven café. Se van conformes con el trabajo del día.
Porque lo que me pasó esta semana ya no puede ser casualidad.
Una botella de vino con demasiadas expectativas
Vine a Buenos Aires con todo organizado.
Familia.
Amigos.
Trabajo.
Y sí… también había hecho lugar para dos posibles encuentros románticos. No me juzguen. Una podrá estar cuarenta y pico, pero todavía cree en los milagros.
Con uno de ellos hacía veinte años que no nos veíamos.
Veinte.
Imagínense la ilusión.
Hasta me compré un vino de autor. Carísimo. De esos que una mira dos veces la etiqueta antes de pagar y piensa: “Bueno, si esto no termina en una buena historia, por lo menos voy a tener una buena resaca.”
Toda la escena estaba armada en mi cabeza.
Una copa.
Charlar.
Reírnos de lo viejos que estamos.
Otra copa.
Y después… que el destino hiciera lo suyo.
Pero el destino, evidentemente, estaba ocupado haciendo cualquier otra cosa.
La ex siempre encuentra el camino
Le escribí para decirle que ya tenía el vino.
Toda emocionada.
La respuesta llegó rápido.
“Perdoname, te tengo que cancelar. Mi ex novia se instaló en casa para ver el partido de mañana conmigo. Si se va antes de que te vuelvas, te aviso. Voy a tratar de que se vaya el miércoles.”
…
Perdón.
Necesito procesarlo.
¿Tu ex… qué?
¿Se instaló?
¿En tu casa?
¿Para ver un partido?
No sé si me dio más bronca que me cancelara o enterarme de que hay mujeres que todavía tienen ese nivel de confianza con un ex. Mis ex, con suerte, reaccionan a una historia de Instagram tres años después.
Y encima el remate fue maravilloso.
“Te aviso si se va.”
Como si yo fuera un plomero esperando que le confirmen el horario.
No, querido.
El vino tiene más dignidad que nosotros dos juntos.
El plan B tampoco quería colaborar
Pero bueno.
Todavía quedaba el otro candidato.
Hasta que empezamos a coordinar horarios.
Él podía a las dos.
A las tres.
A las cuatro.
Yo no.
Porque, detalle menor… trabajo.
Entonces me explica, con total naturalidad, que tiene esa disponibilidad porque está sin trabajo.
Y ahí sentí cómo mi libido agarró la cartera, saludó con la mano y abandonó el edificio.
Antes de que me cancelen en los comentarios, aclaro algo.
No creo que una persona valga menos por quedarse sin trabajo. A cualquiera le puede pasar. La vida da muchas vueltas.
Pero el deseo es un animal bastante caprichoso.
No escucha argumentos.
No entiende de empatía.
No lee LinkedIn.
Simplemente aparece… o desaparece.
Y en mi caso desapareció a una velocidad que ni el dólar.
La desesperación… pero con límites
Lo más gracioso es que yo pensaba que después de cincuenta y dos días sin sexo iba a aceptar cualquier cosa.
Claramente me sobreestimé.
O subestimé mis estándares.
Porque parece que, incluso en estado de emergencia hormonal, sigo teniendo requisitos.
No muchos.
Pero algunos.
Y mientras pensaba en eso me di cuenta de algo.
Todos mis amigos de mi edad hoy son profesionales, emprendedores, empresarios o gente que, después de años de remar, logró construir una carrera.
Capaz por eso mi cabeza ya asocia la atracción con alguien que también esté en esa etapa de su vida.
No digo que esté bien.
No digo que esté mal.
Digo que es lo que me pasa.
Y al deseo, lamentablemente, no se lo convence con un PowerPoint.
Creo que el universo eligió otro plan
Así que acá estoy.
Con una botella de vino excelente.
Dos candidatos menos.
Cincuenta y dos días sin sexo.
Y una teoría nueva.
Yo antes pensaba que el universo me estaba castigando.
Ahora creo que simplemente se está divirtiendo.
Porque si esto fuera una película romántica, ya habría aparecido el protagonista.
Pero claramente estoy en una comedia.
Y de las argentinas.
De esas donde al final no te quedás con el galán.
Te quedás con el vino.
Y, sinceramente… cada día sospecho un poco más que el vino hizo mejor elección que yo.
¿Cómo viene su vida amorosa? ¿También sienten que el universo les escribe el guion o soy solamente yo?
Los leo.
Con una copa de vino en la mano… porque total, alguien tiene que aprovechar esa botella.

