Artista sonriente pintando con acuarelas en un estudio luminoso
Inspiracion La Vida Misma Trabajadora

El alegre lado B de estar desempleada: sí, también puede ser espectacular

Todas nos quejamos de lo difícil que es buscar trabajo. Yo, particularmente, ya tengo material suficiente como para publicar una pequeña colección de cuentos sobre el tema. Tenemos los CV, las postulaciones, LinkedIn, las entrevistas, los silencios inexplicables y esa sensación maravillosa de mandar tu experiencia laboral de veinte años a una empresa que después decide que no sos suficientemente senior.

Así que hoy no.

Hoy quiero hablar de la otra parte.

La parte que casi nadie cuenta porque queda medio mal admitirla: estar desempleada también tiene momentos de absoluto placer.

No estoy diciendo que no me preocupe. Me preocupa. No estoy diciendo que no quiera trabajar. Quiero trabajar.

Pero hay algo que aparece cuando de repente desaparecen ocho o nueve horas de reuniones, mails, Teams y gente preguntándote si tenés cinco minutos.

Tenés tiempo.

Y resulta que tener tiempo es espectacular.

Estar desempleada tiene un lujo inesperado: tiempo

El otro día agarré una mochila y me fui a visitar a una amiga que vive lejos. Me quedé unos días. Así, sin demasiada planificación.

Y de repente estaba sentada en su casa tomando café, hablando durante horas, sin mirar el reloj y sin tener que decir en algún momento “bueno, me tengo que ir porque mañana tengo una reunión”.

La vida me preguntó: “¿Querés otro café?”

Y yo: “Sí”.

“¿Y seguimos hablando?”

“Sí”.

“¿Y otro café?”

Bueno, tampoco nos vamos a poner límites ahora.

Me había olvidado de lo lindo que es visitar a alguien sin estar calculando cuánto tiempo te queda antes de volver a trabajar.

También descubrí que existe un gimnasio a las 9:30 de la mañana.

Yo siempre pensé que esa clase estaba destinada a jubiladas, influencers y gente que evidentemente no tenía jefe.

Ahora soy esa gente. Y no pienso pedir disculpas.

Hacer ejercicio a media mañana, salir del gimnasio y todavía tener todo el día por delante es una experiencia bastante revolucionaria cuando venís de años de intentar meter el gimnasio en algún hueco microscópico de la agenda.

Cocinar, leer y hacer cosas sin mirar el reloj

Hasta cocinar cambió.

Ahora puedo empezar la cena a las tres de la tarde.

A las tres.

Como una señora italiana viviendo en la Toscana.

Puedo picar una cebolla tranquilamente, dejar algo cocinándose y preparar comida para hoy, para mañana y para esa versión futura de mí que sé perfectamente que va a estar destruida y no va a querer cocinar.

Es increíble cómo cambia una actividad cuando deja de tener deadline. Porque cocinar a las tres de la tarde puede ser casi terapéutico.

Cocinar a las 7:30 de la noche mientras todo el mundo pregunta qué hay para comer es una prueba de resistencia psicológica.

Y después están los libros.

Pero no los libros de liderazgo, management, productividad ni “cómo despertarte a las 5 de la mañana para conquistar el mundo antes de que el mundo se despierte”.

Quiero leer cosas que no me sirvan absolutamente para nada. Quiero novelas (si es romantica no me ofendo). Quiero leer por el simple placer de leer.

Quiero un spa literario para el cerebro, sin turno previo. Mi mama lo llama los libros de higiene mental.

Y ya que hablamos de actividades completamente innecesarias pero profundamente satisfactorias, también estoy viendo programas de chimentos en vivo.

Sí.

LAM y SQP.

En horario laboral.

Sin esconderme.

Porque no todo tiene que ser el noticiero para parecer una persona informada. A veces una necesita saber qué dijo Moria, quién lloró en un móvil y quién se peleó por un vestido.

Cultura general, señores.

Cuando por fin tenés tiempo para las cosas que venías postergando

También recuperé algo que había olvidado que existía: hacerme las 500 cremas de skincare sin correr.

Limpiador. Serum. Crema. Algo para los ojos. Otra cosa que probablemente no sé para qué sirve pero supuestamente tengo que usar.

Todo sin pensar que en doce minutos tengo una reunión.

Y después de años de postergar cosas porque “no tengo tiempo”, finalmente fui al dentista.

Amigas, fui al dentista.

Después de años.

Me sacaron una muela.

¿Hubiera preferido no hacerlo? Sí.

¿Había que hacerlo? También.

¿Lo hice porque ahora tengo tiempo? Absolutamente.

Y ahora tengo un hueco.

Literalmente.

Y aparentemente ese hueco me afecta la autoestima aunque la única persona que sabe que está ahí soy yo.

Cada vez que me miro al espejo pienso: “Nadie se dio cuenta”.

Después sonrío para comprobarlo. Nadie se dio cuenta. Pero yo sé, que deprimente, vieja desdentada.

Y ahora, además de buscar trabajo, estoy buscando un buen dentista que me devuelva la dignidad.

Una cosa a la vez.

La playa sin laptop: el verdadero lujo

Y después estuvo la playa. Una semana con la familia.

Pero esta vez, playa de verdad.

No esa versión en la que una está en la casa alquilada con la laptop abierta mientras el resto de la familia flota feliz en el mar como un grupo de ballenas satisfechas.

Esta vez fui a la playa. Sin laptop. Sin Teams. Sin revisar mensajes “un segundo”. Sin pensar que en algún momento tenía que volver a conectarme.

Y descubrí que el mar es bastante más lindo cuando no estás mirando una pantalla al mismo tiempo.

Fue raro.

Y maravilloso.

Porque después de tantos años de vacaciones con algún ojo puesto en el trabajo, poder estar realmente ahí se sintió casi como unas vacaciones de la vida que venía llevando.

El desempleo también puede darte espacio para reinventarte

Y entre todo esto apareció algo que no esperaba: espacio para pensar.

Cuando trabajás todo el tiempo, incluso cuando sabés que necesitás cambiar, muchas veces no tenés espacio mental para preguntarte qué querés realmente.

Simplemente seguís.

Ahora tengo tiempo para pensar qué quiero hacer después.

Qué tipo de trabajo quiero.

Qué cosas no quiero volver a aceptar.

Qué me gustaría aprender.

Qué parte de mi vida quiero recuperar.

Qué cosas me gustaría hacer aunque no tengan absolutamente nada que ver con mi carrera.

Una especie de reinvención, pero sin necesidad de convertirla inmediatamente en un plan estratégico de cinco años.

Más Moria Casán.

Nos reinventamos.

Seguimos.

Y ya que hablamos de entretenimiento, también tuve tiempo para ver películas que probablemente podría haber evitado.

Por ejemplo, El Diablo Viste a la Moda 2.

Qué aburrida.

Lo siento, pero alguien tenía que decirlo.

Ni glamour, ni humor, ni nada.

Una segunda parte que viene a confirmar, una vez más, que las segundas partes nunca fueron buenas.

Pero la vi igual.

Porque estaba en la casa de mi amiga.

Porque tenía tiempo.

Porque podía sentarme dos horas a ver una película que no me iba a aportar absolutamente nada y no sentir que estaba robándole tiempo a algo más importante.

Y quizás eso sea lo que más estoy disfrutando.

No la película.

El tiempo.

¿Cuánto dura este lado B de estar desempleada?

Ni idea. Tal vez un mes. Tal vez una semana. Tal vez mañana aparezca el trabajo indicado y todo esto se termine.

Probablemente en algún momento vuelva a entrar en modo búsqueda laboral desesperada, porque tampoco nos vamos a engañar: necesito un sueldo.

Pero hoy, por lo menos hoy, no quiero mirar solamente el lado oscuro.

Porque estar desempleada no es solamente estar buscando trabajo.

También puede ser tener, por primera vez en mucho tiempo, algo que parecía muchísimo más escaso que el dinero: espacio.

Espacio para una amiga. Para una novela. Para cocinar a las tres de la tarde. Para ir al gimnasio cuando todavía existe la mañana. Para hacerte las quinientas cremas. Para ir al dentista y salir con un hueco existencial. Para mirar televisión basura sin culpa.Para ir a la playa y, por una vez, dejar la laptop en casa.

Pero sobre todo, espacio para parar y preguntarte qué querés de verdad.

No sé cuánto va a durar este período. Y seguramente tenga días de ansiedad, aburrimiento y “Dios mío, necesito encontrar trabajo ya”.

Pero hoy hay una parte de mí que piensa que, después de tantos años corriendo, cumplir, producir, responder y llegar a todo —o intentarlo—, quizás no sea tan terrible que la vida me haya obligado a frenar un poco.

Porque si algo aprendí estos días es que una puede estar preocupada por el futuro y, al mismo tiempo, disfrutar muchísimo el presente.

Las dos cosas pueden ser verdad.

Y quizás esa sea la parte más inesperada de todas.

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