Mujer sudorosa relajándose después del gimnasio con sándwich y vino.
La Vida Misma

Yo ya había decidido no ir al gimnasio

Dos días después del asado/fiesta, finalmente recuperada de la resaca, de las siete horas de atender gente y de ese estado de agotamiento que queda cuando durante un fin de semana entero una casa parece un salón de eventos, todo volvió a la normalidad.

La casa está limpia, todo brilla divino y, en teoría, la rutina debería empezar de vuelta.

Mi hermana me había dicho que llegaba temprano a visitarme, así que en mi cabeza yo ya había cancelado el gimnasio.

Y lo que es peor: no me costó nada.

Ni siquiera tuve que convencerme. Simplemente asumí que no iba a ir y seguí con mi vida. Mi cerebro ya había cerrado el tema. Hoy no gimnasio. Siguiente.

Hasta que me levanté y vi su mensaje:

“Me cancelaron el tren. Me tomo el que sigue y llego a las 3 en vez de a las 10.”

Ah.

¿Y ahora qué?

Porque de repente tenía tiempo. Tenía la oportunidad. El gimnasio seguía ahí, a la misma distancia de siempre y, técnicamente, no había ninguna razón para no ir.

El único pequeño detalle era que yo ya había decidido que no iba.

Y qué difícil es cambiar una decisión que una tomó cuando todavía no sabía que iba a tener que cambiarla.

Ir al gimnasio sin ganas

Pero hay días en los que una tiene que tomar el toro por las astas y hacer lo que hay que hacer. No siempre porque tenga ganas. De hecho, muchas veces es exactamente al revés.

Así que, muy a pesar mío, me reservé la clase.

Luché contra la vagancia, contra el “no tengo ganas”, contra ese sentimiento de que ya había cumplido con mi cuota de esfuerzo del fin de semana y ahora me correspondían unas horas de absoluta inactividad.

Casi casi que pierdo.

Pero triunfé.

Fui.

Llegando ya me iba diciendo: “Hoy hago lo que pueda. Mucha nafta no hay en el tanque, pero por lo menos acá estamos.”

Y después pasa lo de siempre. Una empieza a correr, a levantar pesas, a moverse un poco y, de repente, aparece esa otra voz.

“Ya que estoy acá, lo doy todo.”

Porque además, seamos sinceras, si hago medio esfuerzo, ¿a quién estoy engañando?

A mí.

Así que ahí estaba yo, haciendo la clase y teniendo una conversación mental paralela durante prácticamente todo el entrenamiento. Que no tenía ganas. Que menos mal que vine. Que podría haberme quedado en casa. Que ya que estaba ahí iba a hacer las cosas bien.

Y al final me gané.

A mí misma.

Pero también me gané el sandwichito que me pienso comer en un rato cuando termine mi desayuno intermitente. Y la torta que probablemente me coma con mi hermana cuando llegue. Y, si todo sale como espero, un vaso de vino esta noche.

Porque tampoco exageremos con la épica.

A veces hay que seguir moviéndose

Supongo que de eso se trata un poco. De que no siempre tenemos ganas de hacer lo que sabemos que nos hace bien. A veces hay que arrancar igual y ver qué pasa después.

No sé si mi cuerpo se siente renovado, lleno de energía y listo para conquistar el mundo.

De hecho, mi cuerpo probablemente todavía está procesando las siete horas de fiesta, la comida, la torta y el vino.

Pero fui.

Y hoy eso alcanza.

Ahora, si me disculpan, tengo un sandwichito esperándome.

Todo esfuerzo merece su recompensa.

Y yo soy una mujer de principios.

#LaVidaMisma #VolverALaRutina #QuienQuisiera

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