Fondo abstracto acuarela en tonos melocotón y verde azulado con líneas doradas

Burnout en pantuflas

Mujer analizando datos en Power BI en dos monitores.

(crónica de alguien que “tiene suerte” por trabajar desde casa)

Trabajo desde casa.
O sea, según el imaginario colectivo, vivo de vacaciones.

No me tomo transporte.
No me arreglo demasiado.
Estoy “cómoda”.

Entonces debería estar agradecida. Sonriente. Productiva. Zen.
Pero no.

Porque además de trabajar, aparentemente también tengo que:

  • Mantener una casa digna de revista escandinava
  • Criar hijos como si no tuviera reuniones
  • Cumplir deadlines como si no tuviera hijos
  • Y hacer todo eso sin quejarme, porque ¿qué más quiero si estoy en casa?

El trabajo remoto vino con una cláusula invisible:
si estás en casa, estás disponible.

Disponible para reuniones a cualquier hora.
Disponible para resolver “algo rápido”.
Disponible para meter el lavarropas entre dos calls.
Disponible para responder mails mientras calentás una milanesa.

Los días ya no terminan. Se deforman.
Se estiran como chicle viejo.
Porque lo que no hago de día lo hago de noche.
Y lo que no hago de noche, lo cargo al día siguiente con culpa.

La frontera entre trabajar y vivir desapareció.
Ahora todo pasa en el mismo espacio:
el análisis, la llamada tensa, la computadora abierta, la mochila en el piso, el pijama puesto.

Sí, el pijama.
Ese famoso beneficio del home office.

Al principio parece gracioso.
Después te das cuenta de que pasás el 90% del día vestida como si no importaras demasiado.
Y la cabeza toma nota.

Porque aunque nadie lo diga, la imagen también sostiene la autoestima. Y cuando no te ve nadie… empezás a sentir que no sos vista. Punto.

No hay pasillo.
No hay charla espontánea.
No hay otro ser humano que te mire y te diga “qué día, ¿no?”
Hay pantallas. Ventanitas. Micrófonos muteados.

Y en ese silencio elegante empieza el desgaste.

No estás agotada “de verdad” —porque no viajás.
No estás tan cansada —porque estás en tu casa.
No estás legitimada para estar mal —porque otras la pasan peor.

Entonces el burnout se vuelve culposo.
Silencioso.
Invisible.

Seguís funcionando.
Entregás.
Respondés.
Pensás.
Pero cada vez con menos ganas, menos cuerpo, menos vos.

Y lo peor no es el cansancio.
Es sentir que tenés que justificarlo.

Trabajar desde casa no me salvó del burnout.
Solo lo hizo más prolijo, más disimulado, más aceptable para los demás.

Pero sigue siendo burnout.
Aunque tenga pantuflas.

#Burnout
#TrabajoRemoto
#RealidadHomeOffice

Si querés poner esta experiencia en contexto, la OMS tiene información sobre salud mental en el trabajo y condiciones laborales. Porque el problema no se resuelve solamente cambiándose las pantuflas.

Las quiero,Lola
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3 Comments

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  1. […] Trabajo 100% desde casa (un trabajo ejecutivo de verdad, con reuniones, deadlines y responsabilidades que no se ven). Tengo ayuda en casa una vez cada quince días más o menos, así que básicamente hago casi todo: limpio, organizo, planifico comidas, lavo, plancho lo que se puede planchar. Soy el Uber gratis de mi hija de 12 años (si le cobrara por cada viaje ya estaría retirada). Soy la esposa que se olvida de actualizar la agenda compartida, la que cocina todas las noches —algunos días con más éxito que otros, seamos honestas—. […]

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