La terrible verdad sobre el mal sexo
Durante semanas estuve convencida de que no tener sexo era una de las grandes tragedias de la vida adulta.
No una tragedia importante, claro. No estamos hablando de perder un trabajo o descubrir que alguien dejó una lapicera destapada en la cartera. Pero sí una de esas pequeñas miserias que aparecen a las tres de la mañana cuando no podés dormir y empezás a cuestionar todas tus decisiones.
Después de tantos días sin sexo, estaba segura de que el problema era la ausencia.
Qué equivocada estaba.
El mito de la escasez
Cuando algo te falta durante mucho tiempo, tu cerebro empieza a mentirte.
Lo hace con las dietas, con los ex novios y con el sexo.
De repente recordás experiencias bastante promedio como si hubieran sido eventos históricos dignos de documentales.
Tu memoria elimina los detalles inconvenientes y deja solamente una versión remasterizada de la realidad.
Yo ya estaba convencida de que cualquier encuentro sería una mejora significativa respecto de mi situación actual.
Cualquier cosa.
Un error de cálculo que merece ser estudiado por científicos.
Cuando finalmente llegó el gran día
Y entonces pasó.
Finalmente.
Después de semanas de espera, especulación y un nivel de expectativa completamente irracional para una mujer que ya debería saber cómo funciona la vida.
Pasó.
Lo curioso es que apenas tuve tiempo de registrar que estaba pasando.
Hay episodios de series que duran más.
Algunos comerciales también.
Mi cafetera necesita más tiempo para preparar una taza de café.
Y nadie termina una taza de café pensando: “Bueno, eso fue inesperadamente breve.”
Las expectativas estaban en el piso… y aun así
Lo más impresionante no fue la duración.
Fue que mis expectativas ya venían extremadamente bajas.
No esperaba fuegos artificiales.
No esperaba una experiencia transformadora.
Ni siquiera esperaba una anécdota interesante para contarle a mis amigas.
Esperaba algo razonable.
Algo que justificara haber dejado el sillón.
Porque a esta altura de la vida una no compara candidatos con modelos de revista.
Los compara con la paz de quedarse en casa usando pantalones cómodos.
Y créanme, esa competencia es mucho más difícil de ganar.
El descubrimiento inesperado
Fue entonces cuando entendí algo que nadie te cuenta.
No tener sexo genera frustración.
Mal sexo genera resentimiento.
La abstinencia al menos conserva intacta la fantasía.
Todavía podés imaginar que te estás perdiendo algo espectacular.
El mal sexo destruye esa ilusión en tiempo real.
Es la diferencia entre no comprar un billete de lotería y comprarlo para descubrir que el premio era una lapicera promocional.
Uno duele.
El otro ofende.
La verdadera madurez
Tal vez la verdadera madurez no llega cuando dejás de querer sexo.
Porque eso no pasa.
Tal vez llega cuando entendés que no todo vale la pena simplemente porque estuvo ausente durante mucho tiempo.
Hay cosas que extrañamos porque son maravillosas.
Y hay cosas que extrañamos porque nuestra memoria tiene un departamento de marketing extremadamente eficiente.
Después de esta experiencia puedo decir que el contador vuelve a empezar.
Pero con una diferencia importante.
Antes pensaba que necesitaba cualquier cosa.
Ahora sé que necesito algo que al menos supere la experiencia de quedarme sola en casa viendo Netflix con una copa de vino y cero decepciones.
La vara no está tan alta.
Y, sin embargo, aquí estamos.
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