Después de sobrevivir a tres olas de despidos en mi empresa, finalmente llegó la cuarta. Y esta vez no la vi pasar desde la ventana.
El viernes fue mi último día de trabajo.
No puedo decir que me sorprendió demasiado. Cuando una empresa empieza con rondas de despidos, todos hacemos el mismo juego ridículo: miramos el organigrama, sacamos cuentas, tratamos de adivinar quién sigue y quién no. Hasta que un día el nombre que aparece en la lista es el tuyo.
Y listo.
Se terminó.
La semana pasada fue rara. Muy rara.
Porque seamos honestos… una vez que sabés que te están echando para reducir costos, la motivación laboral baja a niveles científicos.
No me iba a matar trabajando para una empresa que ya había decidido que yo era un gasto prescindible. Digamos que hice exactamente lo necesario para no romper nada. Si querían compromiso, llegaban unos meses antes.
Así que ahora empieza una aventura que ninguno elige, pero que a muchísima gente le toca vivir alguna vez: buscar trabajo.
Ya escribiré otro día sobre los seis años que pasé en esa empresa. Sobre todo lo que aprendí, lo bueno, lo malo y las cosas que hoy haría distinto. Ese post seguramente venga cuando la herida deje de estar tan fresca y pueda mirar para atrás sin que me suba un poco la presión.
Pero hoy no.
Hoy estoy en esa etapa práctica donde uno abre una hoja en blanco y empieza a reconstruirse profesionalmente.
Hay que desempolvar el currículum, que milagrosamente siempre necesita una actualización urgente. Después adaptar cada versión para un puesto distinto, convencer a un algoritmo de que sos la persona indicada y escribir cartas de presentación donde intentás sonar apasionada por empresas cuya existencia descubriste hace exactamente siete minutos.
Después viene LinkedIn.
Actualizar el perfil.
Cambiar la foto porque la actual ya tiene una energía demasiado “empleada estable”.
Activar el famoso “Open to Work”, que es básicamente salir a la calle con un cartel que dice: sí, acepto entrevistas y también abrazos.
Y por supuesto empiezan las aplicaciones. Diez. Veinte. Treinta. Cincuenta.
Con suerte recibís una respuesta automática agradeciéndote el interés antes de desaparecer para siempre.
Lo más difícil, igual, no son los formularios.
Es tragarse un poquito el orgullo.
Empezar a escribirles a amigos, ex compañeros, gente con la que trabajaste hace años.
“Che… ¿cómo andás? Tanto tiempo…”
Todos sabemos perfectamente hacia dónde va esa conversación.
Uno descubre que el networking no era una palabra de moda inventada por LinkedIn.
Era un mecanismo de supervivencia.
Hay que animarse a pedir ayuda.
Hay que ser un poquito caradura.
No demasiado. Lo justo.
Porque nunca sabés quién conoce a alguien que conoce a alguien que justo está buscando exactamente lo que vos hacés.
Dentro de todo, tengo que reconocer que el timing podría haber sido bastante peor.
Es verano.
Y eso, aunque parezca una pavada, cambia el ánimo.
No es lo mismo replantearse la vida mirando el sol desde el patio que hacerlo un martes de enero, con nieve, cuatro de la tarde y una oscuridad que te hace cuestionar hasta tus decisiones de jardín de infantes.
Además, la semana que viene me voy a la playa.
Y por primera vez en cuatro años voy a viajar sin la laptop.
No porque finalmente aprendí a poner límites.
Sino porque ya no tengo para quién abrirla.
Creo que recién ahí voy a sentir que esta etapa realmente terminó.
Y quizás empiece otra.
También puedo volver al gimnasio cuatro veces por semana.
O cinco.
Nunca tuve una excusa tan buena para hacer piernas un martes a las diez de la mañana.
Hay que encontrarle ventajas a todo.
No sé cuánto durará esta búsqueda.
No sé cuál será el próximo trabajo.
No sé si dentro de un mes voy a estar festejando una oferta o puteando contra el algoritmo de LinkedIn.
Lo único que sé es que, por primera vez en mucho tiempo, tengo el calendario completamente abierto.
Y aunque da un poco de miedo…
También da un poquito de ilusión.
Nos seguimos leyendo.
Con un poco de suerte, el próximo post lo escribo desde una reposera frente al mar, sin Teams, sin reuniones, sin dashboards… y con arena hasta en lugares donde la arena nunca debería llegar.
#VidaLaboral #BuscarTrabajo #QuienQuisiera

